GUILLEM CHUST. Coordinador del área de Cambio Climático de AZTI

“Para quedarte donde estás tienes que correr lo más rápido que puedas. Si quieres ir a otro sitio, deberás correr, por lo menos, dos veces más rápido” dijo la Reina Roja a Alicia en la novela de Lewis Carroll “Alicia a través del espejo”, donde el país de dicha reina se mueve con sus habitantes.

Parece que la crisis sanitaria y económica generada por el coronavirus ha frenado los avances realizados en la lucha contra el cambio climático durante los últimos meses. Los compromisos del Acuerdo de París y de la COP25 en Madrid para responder ante la emergencia climática a través de políticas nacionales en materia de transición energética han quedado relegados a un tercer plano. Un error que podría pasar factura en el futuro, sobre todo si se tiene en cuenta que la mejor garantía para construir una sociedad resiliente es a través de políticas ambientales que garanticen el desarrollo sostenible y la capacidad de anticiparse a los cambios. Después de 8 meses de pandemia, a pesar de que las emisiones de CO2 disminuyeron en marzo y abril, la concentración de CO2 a nivel global sigue incrementándose imparablemente este 2020. Como en el país creado por el matemático Lewis Carrol, es imprescindible anticiparnos y correr más rápido que el ritmo del cambio climático para que la inercia del calor acumulado en los océanos no hipoteque nuestro futuro. Es imprescindible simultanear la recuperación pos-COVID-19 con los objetivos climáticos.

Desde la última edición del Congreso transfronterizo sobre Cambio Climático y Litoral, Uhinak, celebrado en 2018 en Ficoba, tres grandes hitos han marcado el avance del conocimiento de los efectos del cambio climático en los mares y costas. En primer lugar, la publicación del informe especial del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático en 2019 sobre “El océano y la criosfera en un clima cambiante”. Este informe alerta sobre escenarios de ascenso global del nivel del mar superiores a los anteriores informes (84 cm para 2100 en el escenario RCP 8.5) y  una transición del océano a condiciones sin precedentes. Esto va a suponer un aumento de las temperaturas, incremento de la acidificación, disminución del oxígeno y alteración de la producción primaria.

En segundo lugar, es destacable el mayor reconocimiento que se está dando al carbono almacenado en los sedimentos marinos, el llamado carbono azul. Las praderas marinas, las macroalgas, las marismas y los manglares son ecosistemas costeros que absorben gran cantidad de CO2 atmosférico, enterrándolo en los sedimentos del fondo marino. Recientemente, el conocimiento de su función como grandes sumideros de carbono se ha trasladado a gestores y políticos a modo de “soluciones basadas en la naturaleza” para la mitigación del cambio climático, mediante la conservación y restauración de estos hábitats.

El tercero de los hitos es local, pero de gran transcendencia. Se trata del inicio de Urban Klima 2050, un proyecto LIFE Integrado de acción climática que aglomera 20 entidades de Euskadi a lo largo de 6 años. Este proyecto está poniendo en marcha un observatorio de cambio climático del medio marino y está llevando a cabo 40 acciones para la adaptación al cambio climático en todo el territorio, para evitar por ejemplo los efectos del oleaje e inundaciones en pueblos y ciudades litorales.

Está claro que la política en cambio climático debe ser transversal y actuar en múltiples ámbitos tanto en mitigación para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, como en adaptación para anticiparse a los daños y coste que se deriven de éste. La investigación en el seguimiento de las tendencias y el desarrollo de los modelos de los ecosistemas es crucial para prever la respuesta de nuestro territorio.

El 4 y 5 de noviembre tendrá lugar la cuarta edición de Uhinak, que pretende reforzar la red entre expertos del mar y la costa con gestores y usuarios que facilite la búsqueda de soluciones a los efectos del clima extremo y la adaptación al cambio climático. Esta edición es particularmente relevante no solo por el momento histórico que nos está tocando vivir sino también porque de la última reunión de la COP25 en diciembre de 2019, lejos de ser un fracaso total, como algunos promueven, también se reconoció abiertamente el papel del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) y se llegó al consenso de que las políticas deben ser permanentemente actualizadas en base a los avances de la ciencia.

Así, si hasta ahora Uhinak era una cita importante para analizar las consecuencias y medidas a tomar frente a cambio climático, en esta ocasión y bajo estas circunstancias es imprescindible que representantes del sector público, de la política, de la empresa, técnicos, expertos de centros tecnológicos y de investigación unan sus voces y ofrezcan argumentos para poner en valor, como reza el eslogan del congreso, la necesidad de movernos para actuar ante la emergencia climática.

En ello estamos, trabajamos a nivel local pero cada vez con una visión más global. Tenemos que seguir insistiendo en el mensaje que lanzamos en nuestra primera edición: el coste de no hacer nada será muy superior al que supone actuar en la mitigación y adaptación a los cambios.

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