Xabier Irigoien, director científico. AZTI

Es posible que hasta el jurado de La Voz Senior haya oído hablar del papel del radar en la batalla de Inglaterra, pero menos gente sabe del papel del sonar en la batalla del Atlántico. Y mucho menos de cómo las observaciones de sonar de la Segunda Guerra Mundial fueron el inicio de una investigación que hoy en día todavía genera debate.

En el mar, donde la visión no llega más allá de unos metros, el sonido y su eco son una herramienta fundamental para explorar las profundidades. Los operarios del sonar que cruzaban el Atlántico protegiendo los convoyes, además de detectar submarinos alemanes, observaron un fenómeno extraño: el falso fondo o la capa de reflectancia profunda. Una zona de la columna de agua entre 400 y 800 m que producía un eco como si fuera el fondo, pero no lo era. A esta capa del mar la conocemos como la zona mesopelágica, entre 200 y 1000 metros de profundidad, donde no hay suficiente luz para que crezcan las microalgas, pero todavía hay suficiente para ver algo. El debate inicial sobre si el eco recibido era un fenómeno físico o biológico se aclaró al observar que esa capa ascendía durante la noche y descendía durante el día, por lo que solamente podía ser debido a organismos migrando en vertical. Estos organismos migran a comer a la superficie de noche, cuando los predadores no les ven, y pasan en aguas muy profundas el día, donde solo predadores muy especializados les pueden alcanzar.

En los años 50-60 del siglo pasado el debate se trasladó al tipo de organismo. Si el eco provenía de peces o de organismos gelatinosos, medusas o parecidos. Y en los años 80 se hizo una estima global que situó la biomasa de peces mesopelágicos en las mil millones de toneladas (el equivalente más o menos a 14.000 millones de personas). Teniendo en cuenta que la biomasa total de peces en el planeta se estimaba en dos mil millones de toneladas, los mesopelágicos representarían el 50% de los peces del planeta en peso. Y si además consideramos que son unos peces muy pequeños, de unos pocos centímetros, comprendemos que un grupo de ellos, Cyclothone sp., es sin discusión el vertebrado más abundante del planeta.

Así creíamos que era la vida en el océano hasta que al principio de esta década investigadores noruegos observaron que estos pequeños peces eran muy capaces de evitar las redes científicas que se habían usado para estimar su biomasa y una nueva estimación basada en los datos de ecosondas de la expedición Malaspina estimó que su biomasa estaba probablemente alrededor de las diez mil millones de toneladas en vez de las previas mil. De golpe cambiamos a pensar que en el océano había diez veces más peces de lo que pensábamos. Usted creía que en su piso viven 4 personas, pero en realidad serían 40. Curiosamente, esta estima está sujeta a la misma incertidumbre que en los años 60 del siglo pasado: el eco observado se debe a peces o a unos pequeños organismos gelatinosos, llamados sifonóforos, que tienen una pequeña burbuja de aire que produce un eco similar a la vejiga natatoria de un pez.

Por ponerlo en contexto, sabemos que hay agua debajo de los polos de Marte y ayer oí el sonido del viento en Marte, pero en los últimos 70 años no hemos conseguido averiguar cuántos peces hay en los mares en los que nos bañamos. Tampoco es casualidad o debido a una dificultad excepcional, simplemente se invierte mucho más en investigación espacial que en oceanográfica.

Obviamente, la posible existencia de una biomasa de peces diez veces más alta de la que pensábamos ha generado grandes expectativas de explotación y países como Noruega y Estados Unidos se han lanzado rápidamente a investigar estas especies. Aunque son pequeños, estos peces podrían usarse para harina de pescado, reemplazando así a la anchoveta y la soja que usamos para los piensos de acuicultura. La acuicultura está hoy en día limitada por la necesidad de unos piensos que son poco sostenibles, ya que estamos usando peces comestibles, tierra y agua dulce para alimentar peces marinos que no necesitaban consumir ni tierra ni agua dulce para su crecimiento.

Por otra parte, aunque pequeños, los peces mesopelágicos también podrían usarse para obtener proteínas de consumo humano mediante diferentes técnicas de procesado alimentario. Sin embargo, hay que tener en cuenta que aunque sean muy abundantes no son un maná que vaya a solucionar los problemas de alimentación del planeta. Si todavía son abundantes es porque han sabido mantenerse fuera de nuestro alcance. Pescar peces tan pequeños en profundidad requiere arrastrar redes con una malla tupida a gran profundidad con un gasto energético muy alto para los barcos que hace que pueda no ser rentable. Pescarlos durante la noche cuando están más cerca de superficie implicaría arrasar las larvas y juveniles de otras especies de peces de más valor comercial que tienen el mismo tamaño.

Además, debemos de ser muy precavidos: si los peces mesopelágicos son diez veces más abundantes de lo que pensábamos, entonces también tienen un papel diez veces más importante en la regulación de los servicios ecosistémicos que nos ofrece el océano. Por su migración vertical diaria juegan un papel fundamental en el transporte de CO2 desde la superficie del océano a aguas profundas, con lo cual su pesca podría contribuir a aumentar el efecto invernadero. También son el alimento de otras especies importantes para nosotros como atunes y calamares. Podría ser que por pescar peces con poco valor perdiéramos otros de mucho más valor para nosotros. Y también son el alimento de otras especies emblemáticas que tiene un papel importante en el turismo costero como son diferentes mamíferos marinos (delfines, leones marinos). En realidad, los peces mesopelágicos son el último gran recurso vivo salvaje que queda en el planeta, y, de hecho, son también nuestra última oportunidad de utilizar un recurso correctamente, conociendo de antemano las implicaciones de lo que hacemos y no teniendo que arrepentirnos de las consecuencias de nuestras acciones.

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