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Conferencia impartida por Dr. Rogelio Pozo en los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU).
Después de todo lo que ya se ha dicho a lo largo de la mañana sobre el cambio climático, no es fácil aportar elementos nuevos. Por eso voy a empezar precisamente por las conclusiones, porque hay un mensaje que conviene fijar antes que cualquier otro: esto no va de creer o no creer. El cambio climático va de matemáticas y de física, de leyes que la historia ha demostrado que se cumplen.
Y va, sobre todo, del futuro. Del presente, por supuesto, debemos hablar; pero más importante aún es hablar de lo que está por venir. Las probabilidades pueden discutirse, los plazos también, pero hay algo que es evidente: está ya ocurriendo y tiene una inercia tal que nos permite predecir que seguirá evolucionando.
El cambio climático no nos plantea solo una cuestión de valor económico, sino de valores. Y nos enfrenta a una pregunta personal incómoda: ¿quién quiero ser? Cada decisión cotidiana nos coloca delante de una elección entre el «yo egoísta» y el «yo altruista». Vivimos en la era de lo barato, lo queremos todo barato, y producir barato tiene sobrecostes —ambientales, sociales y morales— que no estamos dispuestos a pagar nosotros, pero que pagarán nuestros hijos y nuestros nietos.
Pongamos un ejemplo cotidiano. Casi todos los coches alcanzan los 240 o 260 km/h. ¿Quién circula a esa velocidad si los límites son 120? ¿Estaríamos dispuestos a comprar coches que solo llegaran a 130 o 140? Pasar de 140 a 260 implica más materiales, más recursos, más consumo de algo que es finito.
Y va también de valentía. No se trata de ser pesimistas, pero sí de ser honestos. Tienen que ser valientes los científicos, las instituciones y los responsables políticos. Hoy no existen programas educativos que aborden el cambio climático con la profundidad que merece: que enseñen qué es una probabilidad, qué es una alerta, qué consecuencias tiene cada decisión cotidiana. Educamos en historia —y debemos seguir haciéndolo— pero apenas educamos en futuro. Eso hay que cambiarlo. Y cambiarlo no es cuestión de un color político u otro: es cuestión de pensar a largo plazo.
Hace falta valentía también para dar malas noticias. Para no permitir, por poner un ejemplo cercano, que se sigan otorgando licencias de obra en zonas de inundabilidad documentada cuando los planes científicos lo desaconsejan. La ciencia sabe lo que sabe; la decisión final está en otras manos, pero los datos no se pueden ignorar.
Y, como personas, nos toca también cuestionarnos. ¿Sabemos dónde están invirtiendo nuestros planes de pensiones? ¿Conocemos la huella de lo que compramos? El cambio climático nos interpela individualmente. No podemos descargar la responsabilidad en terceros: empecemos por nosotros y, desde ahí, sumemos.
«El cambio climático no va de creer o no creer. Va de leyes matemáticas y físicas que sabemos que se cumplen. Y va, sobre todo, de hablar del futuro».
AZTI es un centro tecnológico con cuarenta años de trayectoria. Nuestro propósito es contribuir a una sociedad saludable, sostenible e íntegra, y tratamos de aplicar ese principio también en la elección de los proyectos que asumimos —y de los que no—. Generamos datos e información, pero nuestro esfuerzo se orienta a trasladar esos datos a sus consecuencias prácticas. Cuando decimos que el verdel se desplaza hacia el norte, lo que estamos diciendo es que la flota local dejará de pescarlo y reclamará compensaciones. Cuando alertamos del calentamiento del Cantábrico no estamos haciendo un comentario académico: estamos describiendo un cambio estructural en el ecosistema marino que ya tiene impacto económico.
Hay cosas que ya están ocurriendo. Pero si pensamos en lo que puede pasar dentro de 30 o 40 años, en un escenario pesimista pero plausible, tendremos un mar tropicalizado. La temperatura del agua en superficie en la costa vasca se ha calentado 1 °C en las últimas cuatro décadas. Las tendencias —con todos sus altibajos, porque nada de esto es lineal— apuntan a unas aguas tipo Mediterráneo. Y un mar tipo Mediterráneo es incompatible con las especies de aguas frías propias de la zona. El atún rojo terminará alcanzando Noruega buscando temperaturas más adecuadas. Es fácil dar la patada hacia adelante y pensar que ya se preocupará el sector pesquero dentro de 50 años. Pero el desplazamiento es inevitable, y el momento de empezar a hablar de él es hoy.
La Unión Europea hizo una apuesta con el Pacto Verde Europeo. Conviene recordar, sin embargo, que somos menos del 12 % de la población mundial. Apostamos por la neutralidad climática en un horizonte relativamente corto, con todo lo que ello implica. Ya estamos viendo las dificultades para avanzar en esa dirección, los movimientos de oposición y a quienes los aprovechan políticamente alimentando el «yo egoísta».
Pero hay tendencias globales que no podemos obviar. En el llamado «cinturón dorado» —la franja que concentra los grandes núcleos geopolíticos y los principales estrechos comerciales— viven aproximadamente 6.250 millones de personas, el 77 % de la población mundial. Es un mundo que pasa rápidamente de lo rural a lo urbano y del interior a la costa, con todos los cambios de hábitos que eso implica: pobreza de tiempo, comida rápida, consumo excesivo. No solo hay una España vaciada: hay también una China vaciada. Hacia 2050, cerca del 70 % de la población vivirá en ciudades, y un porcentaje muy significativo a menos de 60 km del mar.
Y este desafío se intensifica por la demografía. Hoy somos unos 8.300 millones de personas. Hace 60 años éramos 3.000 millones. Las proyecciones, basadas en tasas de natalidad cuyo comportamiento conocemos bien —salvo catástrofe mayor—, sitúan el pico en torno al año 2084, con cerca de 10.000 millones de personas: aproximadamente 4.000 millones en Asia, 4.000 millones en África (hoy poco más de 1.500), 1.200 millones en América y 1.000 millones en Europa, esta última muy envejecida.
Lo decisivo es que el grueso del crecimiento se produce en regiones que aspiran legítimamente a vivir como nosotros, con nuestro mismo modelo económico. Y eso nos conduce a una pregunta inevitable: ¿qué pasa si trasladamos nuestro modelo de consumo a 10.000 millones de personas?
Hay que dejarlo claro: existe una relación directa, medida y replicada históricamente entre renta per cápita y emisiones de gases de efecto invernadero. Cada vez que un país eleva su renta per cápita, da un salto al alza en sus emisiones. Más personas viviendo bajo el mismo modelo significa, mecánicamente, más gases de efecto invernadero. Esto ha sido así porque la economía del último siglo se ha basado fundamentalmente en el uso de energía procedente de combustibles fósiles. No obstante, algunos países y regiones —especialmente Europa— están intentando desacoplar crecimiento económico y emisiones mediante una economía más electrificada, basada en energías renovables y más diversificada. Hay indicios de que este desacoplamiento parcial es posible, aunque todavía presenta límites y contradicciones importantes.
Si miramos la evolución del consumo de energía per cápita a lo largo de la historia, las dos caídas notables —2007 y 2020— no se debieron a políticas climáticas, sino a la crisis financiera y al COVID-19. Lo que mueve realmente las emisiones es la marcha de la economía. Y mientras Europa va reduciendo lentamente su consumo, China —1.400 millones de personas— sigue creciendo: su renta per cápita ha pasado de unos 200 euros a casi 15.000 en pocas décadas. El consumo de carne en China ha pasado de unos 7 kg por persona y año a cerca de 70 kg. Han abandonado en gran medida la proteína vegetal por la cárnica. Para producir un kilo de carne se necesitan entre 4.000 y 15.000 litros de agua y unos 20 kilos de proteína vegetal.
Dos cifras adicionales para dimensionar el problema: el 77 % de toda la tierra cultivable del mundo —que es aproximadamente el 40 % de la superficie terrestre— se destina a producir alimento para los animales que comemos; solo el 23 % se dedica directamente a alimentación vegetal humana. Y en torno al 77 % del agua dulce del planeta se destina a producir alimentos. Hace 60 años no era así.
Cuando una renta per cápita crece, la gente quiere moverse más, comprar más, comer mejor. Lamentablemente, me toca hoy ser el pesimista: si no cambiamos algo de fondo, esto va a empeorar. Las emisiones combinadas asociadas a la industria cárnica vacuna y a la industria láctea, sumadas, equivaldrían prácticamente a las emisiones de China o de Estados Unidos.
Cuando se piensa en cambio climático, el reflejo automático es pensar en energía. Pero las emisiones globales de gases de efecto invernadero —datos correspondientes a 2023— se reparten entre múltiples sectores:

La clave, por tanto, es que reducir emisiones implica intervenir simultáneamente en muchos frentes y, muy especialmente, en el sistema alimentario. Si la industria cárnica global fuera un país, sería el segundo mayor emisor del mundo, solo por detrás de China y a la altura de Estados Unidos. Si la industria láctea fuera un país, estaría entre los cinco mayores emisores. Tanto desde la óptica climática como desde la óptica de la salud pública, todo apunta a la conveniencia de evolucionar hacia patrones de dieta más próximos a los de los años sesenta del siglo XX.
Conviene también reconocer las grandes asimetrías. En emisiones per cápita encabezan los países con combustibles fósiles abundantes y baratos —Arabia Saudí y otros productores del Golfo—, junto con Estados Unidos, Canadá, Rusia y Australia. Cuando nada limita el coste, la disposición a quemar es mayor.
La primera medición directa de CO₂ atmosférico, realizada en 1958 en el Observatorio de Mauna Loa (Hawái) por la NOAA, registró 315 ppm. Hoy estamos superando las 430 ppm. Si miramos hacia atrás, antes de la Revolución Industrial los valores se situaban en torno a 280-290 ppm, formando parte del equilibrio natural del ecosistema. En menos de dos siglos hemos modificado de manera sustancial una variable que durante casi un millón de años se había mantenido estable.
Es cierto que en otras épocas geológicas hubo concentraciones más altas. Pero en aquellas épocas no había hielo permanente ni en la Antártida ni en el Polo Norte. Lo que estamos haciendo, en términos prácticos, es encaminarnos a un planeta con muy poco hielo.
Y no solo es CO₂. El metano, aunque se mide en partes por billón —no por millón—, crece con la misma intensidad relativa y tiene un poder de calentamiento mucho mayor que el CO₂. El aumento del consumo de carne, junto con las fuentes naturales, está incrementando las emisiones de metano de origen ganadero.
El efecto invernadero es esencial para la vida —sin él la temperatura media del planeta sería incompatible con nuestra existencia—. El problema es que las emisiones humanas están reforzando ese efecto: lo que entra en forma de radiación solar tiene cada vez más dificultad para volver a salir. Más moléculas de gases de efecto invernadero significan más energía retenida. Y un sistema con más energía no es estático: se reorganiza y es más disipativo.
Es un sistema complejísimo. Hoy la ciencia desarrolla algoritmos que predicen cada vez con mayor probabilidad, pero todavía no podemos analizar todas las variables con certeza absoluta. Los plazos exactos pueden equivocarse en años o incluso en décadas. Lo que la ciencia sí afirma con rotundidad es que muchas cosas van a ocurrir si no cambiamos el rumbo.
Y conviene insistir en una idea: aunque mañana redujésemos las emisiones a cero, los gases que ya están en la atmósfera seguirán ahí durante mucho tiempo. La inercia del sistema es enorme.
A nivel global, la anomalía térmica media en 2025 alcanzó +1,45 °C respecto al periodo preindustrial. Estamos ya muy cerca del umbral de 1,5 °C que se fijó en 2015 como objetivo a no superar. Han pasado solo diez años y aquel escenario que veíamos como objetivo de mínimos ya no parece alcanzable.
El océano es el gran regulador térmico del planeta: absorbe la mayor parte de la radiación y parte del CO2 atmosférico emitido. Pero, como cualquier material, el agua se calienta al absorber energía, y al calentarse se dilata. Si a esto sumamos la entrada de agua adicional procedente de la fusión del hielo terrestre, el efecto sobre el nivel del mar se duplica. Los últimos diez años han sido la década más cálida del océano desde, al menos, el siglo XIX, con acumulación de calor en los primeros 2.000 metros de columna de agua.
A nivel global, el mar ha subido aproximadamente 200 mm desde 1900, y la última medición satelital (enero de 2025) sitúa el ascenso en 102 ± 4 mm respecto a 1993. El aumento responde a dos factores principales: la fusión de hielos terrestres —glaciares de montaña, capas de hielo de Groenlandia y la Antártida— y la expansión térmica del agua marina al calentarse.
Una visión local puntual no es precisa. Lo dicen los mareógrafos del mundo entero —y son todos los sensores, no una opinión—. En zonas concretas pueden producirse acumulaciones de arena u oscilaciones particulares, pero la tendencia global está medida.
Resumiendo: pasaremos de 8.000 a 10.000 millones de personas, con una huella ecológica por persona y vida media estimada entre 1.200 y 3.000 toneladas de CO₂ según niveles de consumo. Con la trayectoria actual, en 2050 podríamos situarnos en torno a 550-600 ppm de CO₂ atmosférico. Las proyecciones de emisiones pasarían de 49 Gt/año a más de 60 Gt/año.
¿Qué puede pasar cuando estemos en 600 ppm? Hoy soy el pesimista del pesimista. No veo, en este momento, valentía suficiente para cambiar el modelo global. Si seguimos por la trayectoria actual —más población, mayor esperanza de vida, más renta y el mismo modelo de consumo—, mi opinión es que nos vamos más cerca de los +5 °C que de los +2 °C o +3 °C que manejan los escenarios intermedios del IPCC.
Y, si esto ocurre, el problema mayor son los llamados puntos de inflexión o puntos de no retorno: umbrales de un sistema (el climático, por ejemplo) a partir de los cuales una perturbación relativamente pequeña desencadena cambios grandes, rápidos y, en muchos casos, irreversibles. Al sobrepasar el umbral, los procesos de retroalimentación —como la pérdida de albedo o la liberación de metano— se auto amplifican y continúan aunque las emisiones humanas se reduzcan. Y, lo que es más preocupante, varios puntos pueden interactuar en cascada: la fusión del hielo de Groenlandia puede empujar a la ralentización de la circulación noratlántica, que a su vez modifica patrones climáticos en regiones enteras.
La ciencia ha rebajado además la temperatura a la que estos puntos podrían activarse: de los más de 5 °C que el IPCC manejaba hace dos décadas, hasta intervalos de 1-2 °C sobre el nivel preindustrial en los informes recientes. El informe Global Tipping Points 2023 analizó 26 puntos de inflexión negativos y concluye que, con el calentamiento de las últimas décadas, estamos a punto de cruzar cinco de ellos:

Si el permafrost se descongela y libera los gases atrapados durante millones de años, esa proyección de 600 ppm podría multiplicarse y situarse en cifras mucho más altas. Conviene recordar que Venus, que está más cerca del Sol que la Tierra, tiene una temperatura media en torno a los 400 °C, no por proximidad solar, sino porque su atmósfera está saturada de gases de efecto invernadero: la radiación que entra no consigue salir.
La identificación de estos puntos de no retorno es robusta. Lo que sigue siendo incierto son las fechas exactas y el grado preciso de calentamiento al que se activan. Por eso conviene actuar con prudencia, sin caer ni en el negacionismo ni en el catastrofismo: la probabilidad existe y aumenta con la temperatura.
Por mucho que pensemos que somos el centro del universo, Euskadi no es una excepción. Nuestra economía y nuestros patrones de consumo son comparables a los del resto de Europa o España. Tenemos un peso industrial relativamente alto, aunque también en descenso. Disponemos de una Ley de Cambio Climático y de objetivos definidos, y hay sectores que tendrán que adaptarse. Pero no podemos hacerlo solos: si tomamos decisiones políticas y empresariales que el resto del mundo no acompaña, el coste lo pagaremos solo nosotros.
Los datos disponibles muestran un aumento generalizado de las temperaturas atmosféricas en todos los Territorios Históricos, con tasas de incremento que oscilan entre 0,1 y 0,4 °C por década según la estación de medida. La temperatura superficial del mar sigue la misma tendencia. Es un clima generalmente benigno, pero está evolucionando rápidamente hacia condiciones más cálidas, en línea con el resto del Cantábrico.
Todas las temperaturas que han superado los 24 °C en superficie en aguas vascas se han registrado a partir de 1990. Aunque puntualmente pueda haber anomalías, la inercia térmica del agua es muy grande y la tendencia es clara: bañarse en La Concha será cada vez más agradable.
A pesar del clima moderado, la historia reciente está jalonada de episodios meteorológicos con daños muy elevados. Según datos del Consorcio de Compensación de Seguros, las inundaciones de agosto de 1983 en el País Vasco supusieron 968 millones de euros en daños; la Tormenta Ciclónica Anómala (TCA) Klaus de enero de 2009 en el conjunto del País Vasco, 653 millones; las inundaciones de junio de 1997 en el País Vasco, 132 millones. Los temporales marítimos del 10-12 de marzo de 2008 generaron daños por 15 millones, y los del 2 de febrero de 2014, por 19 millones, concentrados especialmente en Donostia, Zarautz, Bermeo, Deba, Orio y Ondarroa.
El nivel del mar en la costa vasca está aumentando, con tasas de casi 4 mm/año, consistentes con el ascenso global del golfo de Bizkaia. Las proyecciones del IPCC AR6 para los escenarios SSP2-4.5 y SSP5-8.5 muestran un rango estrecho de incremento esperado para 2100.
La adaptación es necesaria. El potencial es grande, pero tiene límites y barreras. Las opciones disponibles son tres: protección, acomodación y retroceso. En el medio urbano, el retroceso es poco viable, por lo que en el horizonte 2050 las opciones más factibles son la protección y la acomodación. Esto exige reforzar la gobernanza con normas que minimicen riesgos e impactos, sistemas de alerta a la población y a los agentes implicados, y un principio básico: no aumentar la exposición ni la vulnerabilidad de personas y bienes.
Las simulaciones disponibles para playas vascas son ilustrativas. La playa de Hondarribia, con una superficie aproximada de 12 hectáreas, podría reducirse a menos de la mitad según los modelos. Podemos convivir con menos arena seca y menos toldos. Lo verdaderamente preocupante no son las playas, sino los efectos derivados de inundaciones recurrentes en zonas habitadas: lo que la sociedad asume como normal hoy podría dejar de serlo si episodios como el de Bilbao de hace 40 años se repitieran cada década.
Llegamos al núcleo de la cuestión técnica. ¿Cómo nos preparamos para todo esto? Los sistemas de información alimentan el plan de acciones frente a la amenaza climática. La cadena es la siguiente:
Si el punto de partida —los datos— no es bueno, todo lo que viene detrás se construye sobre arena. Por eso el primer foco debe ser disponer de datos de calidad. Datos que, utilizando la nomenclatura internacional, sean FAIR: Findable (localizables), Accessible (accesibles), Interoperable (interoperables) y Reusable (reutilizables). Esto no va de que los datos los tenga una sola persona u organización: va de cooperación entre muchos actores. La mayoría de los sistemas meteorológicos del mundo apuestan por modelos abiertos para que cada cual pueda construir sus propios análisis.
Estos datos sirven para predecir el tiempo, pero también para anticipar lo que puede pasar en una zona urbana de Bilbao dentro de 20 años. Si la previsión meteorológica falla y un día de playa se convierte en un día de lluvia, el coste personal es bajo. Si la decisión es comprar una vivienda en una zona susceptible de inundación, el coste es de otra magnitud. La ciencia traduce los datos en mapas de inundabilidad y en herramientas que ya están a disposición de la ciudadanía. La responsabilidad de informarse es también nuestra.
Desde AZTI, con el apoyo del Gobierno Vasco, Naturklima, la Diputación Foral de Gipuzkoa y proyectos europeos, mantenemos un sistema de observación que ya integra más de 90 series y 512.000 observaciones, con datos históricos de hasta 40 años. Cubre cuatro grandes familias de indicadores:
La tecnología abarata progresivamente la captura de datos. Hace años, un dato suponía organizar una campaña y tomar muestras; hoy contamos con sensores en tiempo real, drones marinos que se lanzan desde Pasaia, recorren el Golfo, descienden hasta los 1.000 metros y emergen periódicamente con información continua. Cuantos más datos integramos —físicos, químicos, biológicos—, mejor es nuestra capacidad de calibrar modelos y de entender lo que está ocurriendo.
El Sistema de Oceanografía Operacional de Euskadi (EuskOOS) —operado por AZTI con el Gobierno Vasco y Euskalmet— ha ido incorporando capacidades a lo largo de las últimas dos décadas: estaciones costeras (desde 2003), boyas de aguas profundas (2007), videometría costera (2009), radares de alta frecuencia (2010), mareógrafos de alta frecuencia (2015), gliders o vehículos submarinos autónomos (AUV, 2018) y vehículos de superficie autónomos (ASV, 2022).
Las estaciones costeras y de aguas profundas miden altura y periodo de las olas, marea, viento, presión atmosférica, temperatura del aire, visibilidad, radiación solar, así como temperatura, salinidad y corrientes en la columna de agua hasta 200 metros. La videometría costera —operada bajo la marca Kostasystem by AZTI, presente ya en numerosas localidades de la costa vasca, francesa, mediterránea y canaria— permite seguir la evolución de la línea de costa, la morfología de playas, los riesgos costeros (inundación, rebases), las corrientes de resaca y la densidad de usuarios. Los radares de alta frecuencia generan mapas de corrientes superficiales y permiten estudiar transporte y conectividad. Y los gliders aportan perfiles de temperatura, salinidad, oxígeno disuelto, clorofila-a, turbidez, materia orgánica disuelta, nitratos y abundancia acústica de pelágicos.
Toda esta información se canaliza al portal EuskOOS (euskoos.eus), donde es accesible para cualquier usuario, y al observatorio aumentado e-begi (aztidata.es/ebegi), que integra observaciones ecosistémicas multiplataforma con vocación open data. Y a una escala mayor, los datos se conectan con redes europeas como Copernicus Marine in situ TAC, EMODnet, JERICO o EuroSea.
¿Quién se beneficia en primera instancia de toda esta información? Euskalmet, en su papel de servicio meteorológico, es uno de los principales usuarios; nosotros hacemos en buena medida el back office de captura de datos marinos. Pero la utilizan también la dirección de Emergencias, los municipios, las diputaciones, los puertos. Predecir si mañana podemos ir a la playa con cierta probabilidad es la parte visible. Anticipar el riesgo de un fenómeno meteorológico adverso para activar protocolos de protección civil es la parte crítica.
Y todo ello no se hace en solitario: nos coordinamos con redes hermanas en el Mediterráneo, en Brest y en otros nodos europeos. Una información local, sumada a otra información local, sumada a otra información local, es lo que termina dándonos una visión global fiable. Esta lógica de trabajo en red se aplica especialmente a EuskOOS, pero además existe el Observatorio de Cambio Climático del Golfo de Bizkaia, cuyos datos son utilizados por organismos como Naturklima e Ihobe y se ponen a disposición en abierto para que la ciudadanía y los ayuntamientos puedan elaborar sus propios planes de adaptación al cambio climático.